jueves 16 de abril de 2009

Adolfo: Parte III. Una de Capuletos y Montescos.

Pensé que aquel abrazo, aquella cercanía, aquella intimidad cómplice sería el comienzo de algo más que una amistad. Sin embargo Adolfo se volvió distante, frío e indiferente. La amistad continuó sin sobresaltos y sin episodios ambiguos, y mi relación con Paula terminó antes que las clases. La agonía del verano siguiente me encontró sin noticias de él, sin su invitación a su cumpleaños, sin sus visitas inesperadas, con la bandeja de mails vacía y el teléfono mudo. Una vez más la rutina circular de terminar y empezar las clases. Un nuevo inicio de clases nos descubrió en un reencuentro carente de memoria. Nos saludamos como si nada hubiese pasado, como si aquel silencio que rugía estruendoso en mi cabeza hubiese vuelto el tiempo atrás.
El correr de los días fue marcando el ritmo de la vida del curso. Él y yo siempre llegábamos bien temprano; a veces entraba al aula y me saludaba, y otras dejaba su mochila y se iba al patio. Pronto el distanciamiento se hacía evidente y, amigos y amigas, se alinearon detrás de uno u otro. Al poco tiempo, el aire del salón se vió enrarecido y las diferencias entre quienes se juntaban conmigo y quienes estaban con él comenzaron a aflorar y a profundizarse. De mi lado estaban quienes, en su mayoría, no adheríamos a la religión de la escuela y llevábamos una vida "licensiosa" a los ojos del otro grupo a quienes habíamos denominado "los corderitos de Dios", ellos por el contrario nos llamaban "los herejes".
Decir que las diferencias eran de orden religioso sería una simplificación porque en nuestro bando existían chicos de la religión de la escuela. Nuestro bando contaba con los mejores promedios, quienes, a diferencia del otro grupo, nunca recibimos ningún tipo de ayuda en las calificaciones por pertenecer a ninguna religión. Existía entonces una especie de cinturón bíblico invisible (Bible belt) que dividía al aula exactamente por la mitad: Ellos ocupaban desde el centro a la derecha y nosotros nos sentábamos del centro a la izquierda. Aquellas diferencias no se hubiesen transformado en un conflicto abierto y constante sin la ayuda de dos profesores, ambos protestantes: La profesora de Derecho y el profesor de Religión.
Teníamos Derecho dos veces a la semana. Al principio de la semana teníamos dos horas, en las cuales nos enseñaban toda la teoría; y al final de la semana teníamos cuarenta y cinco minutos, en los cuales la profesora hacía juegos a modo de evaluación sobre lo dado la clase anterior. Esos cuarenta y cinco minutos hubiesen sido una pérdida de tiempo de no ser por un detalle: La profesora nos dividió en dos grupos, exactamente la mitad hacia la derecha era un grupo y la otra mitad era otro. Además quienes ganaban aquella semana sumaban un punto y a fin de año el grupo que sumaba más puntos ganaba una caja de alfajores cada uno. Desde aquel momento, ambos grupos comprendieron que su misión era humillar el uno al otro ganando los alfajores a fin de año. Sin embargo el papel de la profesora de Derecho no se limitó a enfrentarnos sino que, ante la excesiva superioridad de nuestro grupo, se dedicó a ayudar abiertamente al equipo contrario y a negarnos todo tipo de beneficios, ya que ella y aquel grupo concurrían a la misma iglesia.
El caso del profesor de Religión no fue muy distinto. Él saludaba, daba clases y hacía participar a quienes compartían sus creencias religiosas, es decir al otro grupo, y nosotros dedicábamos la primera parte de la semana a comentar lo bueno que estuvo salir a bailar el sábado anterior y la segunda parte de la semana a planear abiertamente qué íbamos a hacer, a dónde íbamos a salir y qué íbamos a tomar mientras el otro grupo nos miraba con bronca y celos de no poder hacerlo. El aburrimiento que nos generaba aquella indiferencia fue lo mismo que nos hizo romperla. El profesor de Religión se caracterizaba por su soberbia y su ignorancia, una combinación contradictoria y que a su vez era su punto débil.
Aquel año el gran tema era "Historia del Cristianismo". A las pocas clases nos dimos cuenta de que el profesor era un inculto descarado y nosotros nos dedicábamos a interrumpirlo, hacérselo saber y corregirlo. Caía en impresiciones históricas, confundía un personaje histórico con otro, alteraba el orden de las edades de la Historia y hasta llegó a afirmar que Colón llegó a América a mediados del siglo XVIII. Nosotros nos mofábamos de su ignorancia, nos burlábamos de él y el otro grupo tomaba nuestros ataques como dirigidos hacia ellos. Sabíamos que les molestaba que nosotros supiéramos más que su profesor que les enseñaba qué pensar, qué hacer, qué no hacer y hasta como alimentarse y vivir su sexualidad. Ellos pensaban que en definitiva nos reíamos de su modo de vida y su cosmovisión, y a nosotros no nos molestaba que pensaran eso. La tensión llegaba a su clímax cuando al día siguiente de corroborar nuestras correcciones, el profesor nos pedía una fingida y muy actuada disculpa.
Por aquellos días, Adolfo se puso de novio con una chica compañera de Paula y no existían intercambios de palabras entre un grupo y el otro más que los que tenían lugar durante discusiones. Ni siquiera nos saludábamos. Semana tras semanas, la bronca, la división y el enfrentamiento se iban dilatando a tal punto que nuestro tutor pidió a psicólogos que nos den chalas sobre compañerismo y amistad.
Un día, durante una clase de Literatura, algo impensado tuvo lugar: Adolfo me mandó un papelito después de meses sin saludarnos y hablarnos, y yo le respondí comenzando un intercambio fluido. En ellos me decía que quería que las cosas estén bien entre los dos, que no le gustaba aquella situación y que quería que volvamos a ser amigos como antes. Pero yo no quería un antes, no quería ser su amigo para verlo besar a su novia en frente mío, no quería volver a ser su amigo para que después me ignore. ¿Qué iban a pensar mis amigos si me la pasaba hablando mal del él y él de mí? ¿Qué iba a hacer con ellos si volvíamos a ser amigos? ¿Dónde iba a quedar lo divertido de la competencia entre un grupo y otro? ¿Qué iba a pasar iba a pasar con el interés en ir a la escuela motivado en el sólo hecho de pertenecer a grupos antagónicos? ¿Aceptaría la reconciliación cada uno de nuestros bandos o nos aislarían? Además, el sólo hecho de recibir aquellos papelitos me decía que Adolfo no era de hielo, que en el fondo le jodía todo esto y que quería arreglar las cosas. Pero todo aquel tiempo me había mantenido en el centro de su atención por las peleas. Si las peleas se iban, ¿Me correría de su centro de atención?
Fue en aquel momento de indecisión que recibí un papelito en el que me decía que quería hablar conmigo a la salida. Mis manos sudaban y algunos amigos notaron que estaba inquieto. Nuestras miradas se atrevían a cruzar la cortina de hierro que nos separaba cuando el ensordecedor timbre señalaba el fin de la jornada y la hora de la verdad.

viernes 3 de abril de 2009

Adolfo: Parte II.

Pocos días después de Año Nuevo, recibí en mi bandeja de entrada un mail de Adolfo invitándome a su cumpleaños, al cual no pude concurrir por encontrarme de vacaciones en el pueblo de mi abuela. Aquel mail fue el inicio de un intercambio de mensajes durante todo el verano y que se convirtió en lo más emocionante de aquellos días. El ocaso del estío me descubrió ansioso por volverlo a ver.
Aquella primera semana de clases descubrí que nada sale exactamente como uno espera. La llegada de un compañero nuevo, Juan, me tomó desprevenido. Vivía a dos cuadras de la casa de Adolfo e inmediatamente se volvieron íntimos amigos. Las leyes de la Naturaleza decían que inexorablemente dos seres vivos que quieren lo mismo se convierten automáticamente en competidores y enemigos. Y así fue. Juan y yo no nos caíamos bien. Hubo un intento de simbiosis, sin resultado exitoso durante ese año y el siguiente.
Aquella semana los profesores nos informaron que los requerimientos académicos de la materia Investigación indicaban que debíamos preparar una monografía en grupo para poder aprobarla. Sin duduarlo a los pocos días, le pedí a Adolfo formar un grupo con él. La preparación de la monografía consumía casi todo el año y era la excusa perfecta para pasar tiempo con él.
Los profesores nos dijeron que nuestro grupo era muy pequeño y que debíamos incorporar más compañeros. Para mi asombro, Adolfo rechazó la propuesta y cuando estuvimos solos me dijo una frase que aún recuerdo: "Yo sólo quiero estar con vos". A los pocos minutos, Juan me pide formar parte del grupo y le contesté que debía consultarle a Adolfo. Inesperadamente Adolfo le dice que no, que prefería trabajar a solas conmigo.
Así, las semanas transcurrían mientras trabajábamos juntos, aislados del resto del curso. Durante las vacaciones de invierno, Adolfo se instaló en mi casa durante varios días mientras trabajábamos y nos divertíamos juntos.
Nuestro trabajo resultó ganador y pasamos a la instancia regional que se celebraba en Concepción del Uruguay. Viajaría con él y otros compañeros y tendríamos una casi nula supervisión por parte de los profesores.
Pero por aquellos días me sucedió algo por primera vez que no se volvió a repetir nunca más. Aún hoy en día cuando recuerdo lo sucedido en aquel tiempo, me desconozco. Me había enamorado total y perdidamente de Paula, una compañera de la escuela un año menor y mi atracción por Adolfo comenzaba a diluirse.
Días antes del viaje, en una de esas charlas íntimas que se tienen con amigos, le confesé a Adolfo que me gustaba Paula. Él se me quedó mirando un rato y después prometió que me "haría gancho" con ella. Desde aquel momento Adolfo comenzó a distanciarse y a pasar más tiempo con Juan.
Aquel era el clima cuando partimos hacia Concepción del Uruguay un jueves soleado. Con Adolfo compartimos poco tiempo juntos a pesar de dormir en la misma habitación y exponer nuestro trabajo seis horas diarias. Yo me hice amigo de gente de todas partes de Argentina y de países limítrofes. Ante el alejamiento de Adolfo, pasaba la mayor parte del tiempo con ellos y mis compañeros de curso. Fue un viaje inolvidable repleto de anécdotas que prometo contar y que terminó al domingo siguiente cuando Adolfo y yo recibimos una medalla al mejor trabajo de nuestra área.
La distancia impuesta por Adolfo se dilataba semana tras semana. Se acercaba fin de año y con él, el cumpleaños de Juan al cual fui invitado con Paula. Mientras esperaba a Paula practicando besos con mi mano frente al espejo, una vez más el destino me enseñó que las cosas no salen exactamente como las espero. Paula me dejó plantado a último momento, así que decidí ir solo. En el cumpleaños estaba gran parte del curso. Comimos, tomamos, bailamos e hicimos todas las cosas que se hacen en un cumpleaños. Cuando muchos invitados comenzaron a irse, Juan puso varios colchones sobre el piso del living para que el resto descansemos.
Yo me acosté en el medio de los colchones y al lado mío se acostó Adolfo. Una chica que gustaba de Adolfo se acostó en el medio de los dos, pero al rato Adolfo se levantó y se volvió a acostar al lado mío. Todos dormían. Yo me dí vuelta para darme cuenta que lo tenía a Adolfo al lado mío mirándome fijo. Lo miré a los ojos y así nos quedamos un buen rato. No había forma de disimular la exitación que tenía lugar debajo de nuestros pantalones. Recuerdo que cada inspiración me provocaba una sensación de bienestar que iba desde mi estómago a mi pecho y que se intensificaba cuando exhalaba. Nos íbamos acercando cada vez más y mezclados en un abrazo nos encontraron los primeros rayos de un sol radiante de domingo.
Al despertar todos se asombraron al vernos abrazados, pero nadie dudaba de nuestra sexualidad ya que yo salía con Paula y Adolfo deleitaba a media escuela.
Adolfo me acompañó hasta una esquina a esperar el colectivo que me dejaría cerca de una iglesia donde tenía un casamiento a las diez de la mañana. Caminamos en silencio esas dos cuadras, yo estaba contento y Adolfo tenía una sonrisa que no podía disimular. Seguía teniendo esa sensación en el pecho.
Subí al colectivo con unos amigos Y, durante el viaje y el camino que unía la iglesia de la parada, no hice otra cosa que pensar en él. Entré a la iglesia donde dos amigos mayores que yo se casaban. Recuerdo que era el día de la madre. Recuerdo también que los rayos del sol atravesaban los vitrales, tiñendo mi cara de un color rojo. Recuerdo que cuando los novios dijeron "sí, acepto", yo acepté que quería estar con Adolfo, soñando con un alba lejano, viviendo un conticinio eterno fundidos en el éxtasis de aquel abrazo.

domingo 15 de marzo de 2009

El chico del tatuaje hindú

Y aún me parece mentira que se escape mi vida
imaginando que vuelves a pasarte por aquí,
donde los viernes cada tarde, como siempre,
la esperanza dice "quieta, hoy quizás sí..."
(Autor: La Oreja de Van Gogh. Canción: Rosas. Álbum: Lo que te contaba mientras de hacías la dormida).


No recuerdo cuándo fue la primera vez que lo crucé, mucho menos de dónde volvía aquella noche de viernes. Recuerdo que no era tarde, que en aquel momento me encontraba en pareja y que su mirada intensa se centró en mi rostro. Me observaba como lo hacen las personas cuando otra les resulta familiar. Esquivé aquella mirada, fijé la mía en el paisaje que corría por la ventana y no le presté más atención. En aquel momento creía que la infidelidad no era sólo acostarse con alguien más, sino también desearlo. Todavía lo creo. Lástima que mi pareja de entonces, la única que tuve, no compartía mi opinión. Meses y semanas pasaron de aquella noche cuyos detalles se escurrieron de mi memoria. Mi relación de pareja no tuvo un final feliz y no comimos perdices.
Una noche de viernes me encuentro de nuevo en un colectivo de aquella misma línea. Volvía de la casa de un amigo a quien le ayudaba a preparar la última materia de su carrera. El colectivo rebalsaba de gente. Mi reflejo en el vidrio de una ventana me hizo tomar conciencia de mi mal aspecto. Hacía meses que no me afeitaba y cortaba el pelo, había bajado de peso y la expresión de mi cara era de desosiego. Noté que alguien que se encontraba más adelante se estiró hacia atrás, como buscando a alguien. No pude evitar hacer lo mismo. Esta vez la búsqueda de sus ojos fue correspondida. Entonces me acordé que lo había cruzado. Muchas veces no puedo recordar un rostro, pero siempre puedo reconocerlo cuando lo veo. Noté que era más petizo que yo, tenía una sonrisa que transmitía confianza pero que a veces lo hacía ver estúpido. Traté de terminar ese juego insistente de miradas. De todos modos, soy muy tímido y nunca me atrevería a encararlo. El viaje continuó mientras yo intentaba pensar en otra cosa para distraerme. Él se acercó a la puerta trasera y, aprovechando una curva, disimuló un traspié para rozar suavemente mi cintura con su mano. Fue demasiado obvio, pero me robó una sonrisa. Me costaba creer que en el estado en el que me encontraba alguien pudiera siquiera fijarse en mí. El colectivo se acercaba a la esquina donde desciendo. Cuando bajé, nuestros ojos volvieron a buscarse mientras el colectivo se alejaba con él adentro observándome a través de una ventana. Supuse que vivía cerca de mi casa porque el colectivo se acercaba al final del recorrido. Volví a sonreír y no pude esconder aquella sonrisa cuando llegué a casa. Traté de recordar su rostro, de buscar alguna foto en algún recóndito lugar de mi memoria sabiendo que no podía. Esto siempre me pasa cuando alguien me atrae demasiado.
Las semanas continuaron escurriéndose como arena entre las manos. Ir a la casa de mi amigo a ayudarlo se convirtió en un rito que cumplía religiosamente. No recuerdo cuántos viernes volví a tomar aquel colectivo después de ayudar a mi amigo, pero fueron varias y no lo volví a cruzar.
Otro viernes llegó. Supe que lo cruzaria y así fue. Otra vez aquel juego de miradas. Esta vez, me guiñó el ojo derecho. El coqueteo avanzaba lento. Aquel día vestía una musculosa que dejaba entrever que sobre la parte superior de su espalda y la parte inferior de su cuello tenía tatuado un símbolo hindú. Lo sabía porque era el mismo símbolo que quería tatuarme exactamente en aquel mismo lugar.
Y la rutina de meses sin cruzarlo volvíó a ser la regla. Hasta el jueves pasado. Aquel jueves una amiga de la facultad cumplía años y lo festejaba en un boliche. Además tenía planeado salir con otros amigos a aquel mismo lugar. Nunca en mi vida había salido un jueves y hacía dos meses que no salía a bailar. Se acercaba la hora de salir y buscaba alguna razón para excusarme de ir al cumpleaños y salir con mis amigos. El hecho de de haber sido invitado a último momento no era un buen aliciente. Pensaba que aquella noche sería un bodrio. Pero el correr de las horas me demostró que estaba equivocado.Volví a tener aquella misma sensación que tuve aquel viernes esperando el colectivo. Sabía que lo iba a cruzar. Lo sentía.
Llegamos al boliche con la cumplañera y sus amigos, inmediatamente los invité con una botella de champagne para no quedar mal por no haberle regalado nada, en parte era su culpa por avisarme a último momento. Bailamos un rato y me dispuse a localizar a mi otro grupo de amigos: Valentina, Anastacia y Pedro. Nunca había salido con aquellas dos. Nos conocíamos de estudiar juntos, juntarnos a tomar mate, de trasnochar hablando de la vida y el mundo.
Comenzamos a bailar mientras el alcohol ingresaba a nuestro sistema circulatorio. Anastacia decidió ir a la otra pista, yo no tenía muchas ganas, pero igualmente fuimos. Nos estábamos divirtiendo. Nos reíamos de los chistes que sólo son graciosos entre amigos, nos abrazábamos porque hacía mucho tiempo no nos veíamos, bailábamos y yo de chiste alejaba a los vagos que se les acercaban a mis amigas.
Pedro me pidió que vaya a la barra a comprar una botella de champagne. Me doy vuelta y allí estaba el chico del colectivo. Se encontraba exultante entre sus amigos. A pesar de estar un poco mareado, pude reconocerlo. Era él: Su tatuaje hindú se asomaba desfachatado y desafiante por debajo de su chomba.

viernes 13 de marzo de 2009

Adolfo. Parte I (Introducción)

La finalización de la primaria supuso para mí el cierre de un capítulo y el comienzo de un proceso de transición que explica en gran parte muchos aspectos de mi vida y mi persona. Eran tiempos turbulentos y de incertidumbre, meses atrás habían tenido lugar el corralito, los cacerolazos, la renuncia del entonces presidente Fernando De La Rúa y la seguidilla de ex presidentes que se aseguraron una para nada despreciable jubilación por apoyar el culo unas horas en el sillón de Rivadavia.
En ese entonces deseaba profundamente una metamorfosis, quería cambiar aspectos de mi vida de los cuáles no estaba orgulloso. Comprendí que una escuela nueva me daba esa oportunidad y yo no estaba dispuesto a dejarla pasar.
El cambio de una escuela pública a una privada, de una aconfecional a una religiosa cambió mi manera de aceptar y entender a las personas. Todavía recuerdo la primera clase de Historia en la nueva escuela cuando la profesora preguntó cómo empezó la historia del hombre y yo contesté que la historia del hombre comenzó cuando el hombre aprendió a leer y escribir sobre tablas de arcilla utilizando escritura cuneiforme; a lo que otra alumna respondió que la historia del hombre se inició con la creación de Adán y Eva en el Edén. Respuesta que mereció una sonora carcajada de parte mía y la validación por parte de la profesora.
Poco a poco el resto de mis compañeros fue centrando su atención en mí y comenzaron a admirar cada una de mis respuestas. Me tildaron de "inteligente"; en mi otra escuela era el "creativo", el que escribía y participaba de cualquier concurso literario que se asomara. A decir verdad, siempre había sido un alumno mediocre porque la escuela me aburría, pero mis compañeros comenzaron a alentarme y entendí que ser buen alumno era la forma de encajar en el grupo y ser aceptado. La finalización del octavo grado en la nueva escuela me encontró transformado en el presidente, galán y mejor alumno del curso. Nunca había sido tan bienvenido en ningún otro lugar.
Pero algo faltaba y lo intuí aquella primera clase de Historia cuando hablábamos del origen del hombre: No sentía atracción por ningún compañero de curso ni por otro hombre. Entonces comencé a pensar que lo que me había pasado con Ángel sólo eran deseos de amistad y que yo no era homosexual.
El inicio de noveno año y la llegada de un compañero me hicieron darme cuenta que mi apreciación era errónea.
Se llamaba Adolfo, era morocho, tenía sonrisa de ganador, un cuerpo musculoso, era lindo y lo sabía. El primer día de clases fui hasta donde estaba él, le di la bienvenida al curso (al cual consideraba mi territorio) y cruzamos unas palabras. Me acerqué como se acerca el macho dominante de la manada, lo olí con desconfianza y supe que el curso y yo ya no seríamos los mismos.
Tenía el famoso "no sé qué", pero era algo más. Mis compañeras, chicas de otros años, algún que otro chico y hasta alguna profesora se le acercaban como atraídos por un imán. Emanaba sexo. Él lo sabía y disfrutaba saberlo.
Los días fueron transcurriendo y se fue formando una amistad rara, repleta de
ambigüedades, intermitencias e intríngulis. Y el año escolar terminó cuando yo comenzaba a aceptar mi atracción hacia él.

viernes 30 de enero de 2009

Cliché

La seguidilla de días de la semana transcurre, para mí, demasiado rápido y el sábado siempre me toma desprevenido. Al caer el sol, el tiempo parece espesarse; pareciera que el mismísimo Cronos, en un intento de engañar a la diosa Aurora, ordenara a los engranajes de los relojes moverse más lento, para así tener uno granos más de tiempo para disfrutar sus orgías con el resto de los mortales. El resto de los mortales, menos yo. O quizás mi ley de relatividad provoca que el tiempo se condense cuando mi masa se encuentra aislada.
Otro sábado más, y yo solo. Otro sábado menos,y yo solo. Mi celular descansa mudo sobre la mesita de luz. Una botella de Sabina sirve de quitapenas, imagino las historias de cada canción mientras chateo intermitentemente. Me siento embriagado por cada acorde. El MSN se encuentra casi desierto. Unos pocos contactos, nadie conocido o nadie interesante. Prometo encuentros y noches de sexo que nunca se concretarán. Ningún mail de nadie invitándome a alguna fiesta, o a algún boliche, o a tomar algo, o a dar una vuelta a la manzana... Cadenas interminables proclamando con mayúsculas la llegada de los cuatros jinetes del apocalipsis si el mail no es reenviado. Pienso que sería divertido que vinieran y me río pensando que quizás la causa de mi soledad fue haber reenviado algún mail a nueve personas y no a diez como se exigía.
La noche se diluye con Sabina. Salgo al balcón. El cielo está rojizo y oscuro, algunos rayos iluminan la línea que llamamos horizonte. A través de las nubes puedo distinguir las estrellas de la constelación del Escorpión asomándose por el Oriente. La tormenta se acerca. El cielo se estremece en rugidos. Mi gato asustado se sienta en mi falda. Lo coloco sobre mi hombro y salimos al balcón. La luz de la esquina se apaga. Ver las primeras gotas sobre el asfalto sirve de sedante. Quisiera estar bajo la lluvia, bañarme con su agua como lo hacía cuando era un niño durante las tormentas de verano. Entonces recuerdo mi primer beso bajo la lluvia en una esquina por la que rara vez transito.
Vuelvo al asiento frente a la computadora. El felino se acomoda sobre mis piernas. Se estira. Me clava sus garras en el abdómen. Extiende su cabeza hacia mi rostro y me lame la barba del mentón. Hace semanas que no me afeito. Me doy cuenta que me convertí en un cliché. Un puto solo y su gato en una noche de sábado. Entonces pienso que sería más trillado si estaría escuchando Cher. Me río solo. Otro cliché me reconforta. La frase "mejor solo que mal acompañado" nunca estuvo más acertada. Cierro las persianas y me acuesto. Quiero dormirme antes que Aurora le arruine la fiesta a Cronos y sienta lástima al encontrarme solo y trasnochado.

domingo 18 de enero de 2009

Angel: Parte II

Aquel verano transcurrió entre pelopinchos, juegos de botella con las "vecinas de a la vuelta" y "juguitos" que comprábamos en el quiosco de la esquina sin que mis viejos vieran porque no me dejaban tomarlos. Lo que más recuerdo de aquellos veranos de la primaria es una amiga que vivía en un pasillo a la vuelta de casa: Elizabeth, pero les hablaré de ella más adelante.
El verano terminó como terminan las cosas buenas y el tiempo se fue desgranando poco a poco, grano a grano sin darme cuenta que el reloj de arena se estaba vaciando. Así pasó otro año escolar y otro verano.
Durante el sexto grado con Angel hacíamos funciones de títeres para los más chicos. Era la excusa perfecta para pasar tiempo juntos ensayando fuera de la escuela y perder horas de clases. Pero ese año también terminó demasiado rápido.
Disfrutaba por entonces mis últimas vacaciones antes de comenzar el último año de la primaria. Mi amistad con Angel comenzaba a tener sus apagones. Muchas veces me plantaba a último momento; si yo no lo invitaba, él tampoco a mí y sus nuevas amistades me ponían celoso. Su indiferencia me molestaba y a su vez me daban motivos para pasarme las tardes pensando en él. Fue durante ese verano que tomé una resolución: Yo no lo invitaría más a jugar a mi casa, le hablaría sólo si fuera necesario y para no ser descortés. Le pagaría con la misma moneda esperando alguna reacción de su parte. Pero no la hubo y nuestra amistad se fue diluyendo. No le dí mucha importancia al asunto. Creo que en parte se debe a que había encontrado alguien en quién centrar mi atención, mi catequista o mejor dicho su cola voluptuosa y su bulto prominente.
Así los días fueron transcurriendo sin muchos amigos y llegó el tan ansiado viaje de fin de año a Carlos Paz. La última noche durante la fiesta de despedida todos lloramos. Algunos lloraban porque no querían irse de la escuela, otros no querían dejar de ver a sus amigos. Recuerdo que vino Vanesa a donde yo estaba y me abrazó bien fuerte y lloramos. Ella me dijo que me iba a extrañar y las lágrimas cayeron por su rostro. Yo le dije que también la iba a extrañar, pero lloré porque no volvería a ver a Angel todos los días.
El año terminó y la separación sería inexorable: Angel y yo iríamos a diferentes escuelas. Yo sentía la urgencia de cambiar ciertos razgos de mi personalidad, ya que no sólo me había ganado la indiferencia de Angel,sino también la de gran parte del curso. Ningún compañero de la primaria fue a mi secundaria, eso ayudó a dejar toda esta enrarecida historia de Angel atrás y a inventarme un nuevo yo para el primer año de la secundaria.
Durante la secundaria, pocas veces crucé Angel. Recuerdo una vez que caminaba por la peatonal y ahí estaba. No había cambiado nada. No me vió. Yo no lo pude saludar y me paralicé. De pronto todo volvió a mi memoria: Las tardes en bicicleta por el barrio, la quema de hormigas, las duchas juntos, lo divertido que era jugar juntos a mi Family y a su Sega, su indiferencia, las funciones de títeres, las noches durmiendo juntos, mi admiración, mi deseo...
Había guardado todas estas cosas en algún rincón de mi memoria que decidí tirar al olvido. Ese día todo era nítido y vívido, todo parecía encajar en su lugar. Me dí cuenta que esa admiración, ese deseo de estar con él era en realidad enamoramiento. Tomé consciencia de lo que me pasaba en aquel entonces. Pero otra vez, sin querer, todo permaneció guardado por mucho tiempo.
Volví a cruzarlo a Angel hace unos años cuando empecé la facultad. El pasado cuatrimestre cursamos una materia juntos. De vez en cuando se me antojaba mirarlo. No nos hablábamos. Todo aquel tiempo compartido parecía demasiado lejano. Para mí era mejor dejar las cosas de ese modo. A veces mientras tomaba apuntes se me escapaba alguna sonrisa y recordaba recortes, momentos... El parecía inmutable ante mi escudriñamiento, pero ya no me parecía etéreo.
Y otro año académico terminó. Y otra vez, él no tiene idea de que fue el primer hombre del que me enamoré.

Angel: Parte I.

Estaba en cuarto grado cuando Angel comenzó a materializarse ante mi atención. Por alguna razón, habíamos compartido jardín, pre-escolar, primer grado y los años siguientes hasta cuarto grado sin que su prescencia me inquietara.
Angel era el mejor jugador de fútbol de los dos cursos, A y B; siempre usaba zapatillas Nike y lapiceras doradas; en aquel entonces era levemente colorado, sumamente prolijo y uno de los mejores estudiantes. En aquel entonces yo no jugaba muy bien al fútbol, me gustaba usar zapatillas de lona (ahora tan de moda), escribía con lapiceras rojas y azules, era y soy morocho y la maestra se quejaba de mi desprolijidad, a lo que yo respondía que se debía a la genética y que los verdaderos culpables eran mis padres. Por aquel tiempo yo no era muy buen estudiante, mi fuerte eran las Ciencias Naturales y Lengua; y la escuela no suponía para mí ningún desafío. Estudiaba, sí, pero no tanto. La escuela me parecía fácil y aburrida. Nunca saqué un satisfactorio, pero los excelentes eran escasos. Era un chico 8, un chico "Muy Bien". Las maestras me etiquetaban como un chico "creativo". Me gustaba escribir cuentos e inventar historias.

Corrían esos días carentes de preocupaciones trascendentales, de fechas de exámenes y por supuesto de ningún tipo de laburo cuando, en una clase de Ciencias Naturales, Patricio me invita a formar parte de su grupo para hacer un trabajo práctico que la maestra pedía. Decirle sí a Patricio significaba decirle sí a Facundo, ya que ellos eran mejores amigos. Facundo no me caía muy bien ya que era uno de esos chicos que se los podía calificar como "revoltosos" y a decir verdad, yo no le caía muy bien tampoco. Y ahí entra Angel en la historia. No recuerdo quién lo invitó a formar parte del grupo, pero estoy seguro que yo no fui. Entonces quedamos en juntarnos en la casa de Facundo para hacer el "experimento".
El "experimento" consistía en llenar de tierra una maceta y sobre la superficie teníamos que poner tomate, hojas, plástico y cáscara de huevo. Con el correr de los días teníamos que anotar los cambios en estos elementos, por lo que no nos demandó demasiado tiempo terminar. Así que nos dedicamos a tratar de aprender a andar en skate como Facundo y a quemar hormigas con un desodorante y un fósforo.
Luego de entretenernos, el papá de Facundo nos llevó en su 4x4 a los tres hasta nuestras casas y a mí me dejó en la casa de Angel que no quedaba tan lejos de la mía. Esa fue la primera vez que visité su casa, todavía recuerdo como me inspeccionó su hermano mayor creyendo que yo era alguien con quien no se llevaba bien para después ponernos a jugar al Sega. Merendamos y luego me pasaron a buscar. Desde entonces comencé a sentir que Angel tenía que ser mi amigo.
Y el año siguió transcurriendo lentamente, la maestra platinada y bronceada hasta los huesos, que usaba zapatillas con plataforma, nos puso una buena nota por aquel "experimento"; Angel me visitaba y yo lo visitaba; y finalmente llegó el acto de fin de año con la entrega de libretas.
Para aquella ocasión con Patricio, Facundo y Angel, entre otros, habíamos preparado una coreografía con sombreros mejicanos (me gusta escribirlo con "j") para la canción "Amor a la mexicana" de Thalía. Ahora que recuerdo bien, Angel había incluído unos pasos de baile bastante "obsenos" que en un primer momento un profesor intentó modificar sin éxito.
Sabía que no volvería ver a Angel hasta el próximo año porque él iba a colonia de vacaciones todo el verano, así que le escribí una carta con algunas citas sobre amistad agradeciéndole su compañía durante el año y que esperaba verlo el año siguiente.
El acto finalizó. Fui con mi mamá a buscar mi libreta y a saludar a docentes y compañeros. Quise saludar a Angel en último lugar para darle la carta. Las manos me transpiraban y algunas letras del sobre se tornaron borrosas. De pronto, me dí cuenta que no estaba más, que ya se había ido. Corrí por las escaleras y lo encontré con su mamá dirigiéndose a una de las tantas salidas. No recuerdo las palabras exactas de la despedida, pero me costó darle la carta y darme cuenta que no lo vería por tres calurosos meses.