Pensé que aquel abrazo, aquella cercanía, aquella intimidad cómplice sería el comienzo de algo más que una amistad. Sin embargo Adolfo se volvió distante, frío e indiferente. La amistad continuó sin sobresaltos y sin episodios ambiguos, y mi relación con Paula terminó antes que las clases. La agonía del verano siguiente me encontró sin noticias de él, sin su invitación a su cumpleaños, sin sus visitas inesperadas, con la bandeja de mails vacía y el teléfono mudo. Una vez más la rutina circular de terminar y empezar las clases. Un nuevo inicio de clases nos descubrió en un reencuentro carente de memoria. Nos saludamos como si nada hubiese pasado, como si aquel silencio que rugía estruendoso en mi cabeza hubiese vuelto el tiempo atrás.
El correr de los días fue marcando el ritmo de la vida del curso. Él y yo siempre llegábamos bien temprano; a veces entraba al aula y me saludaba, y otras dejaba su mochila y se iba al patio. Pronto el distanciamiento se hacía evidente y, amigos y amigas, se alinearon detrás de uno u otro. Al poco tiempo, el aire del salón se vió enrarecido y las diferencias entre quienes se juntaban conmigo y quienes estaban con él comenzaron a aflorar y a profundizarse. De mi lado estaban quienes, en su mayoría, no adheríamos a la religión de la escuela y llevábamos una vida "licensiosa" a los ojos del otro grupo a quienes habíamos denominado "los corderitos de Dios", ellos por el contrario nos llamaban "los herejes".
Decir que las diferencias eran de orden religioso sería una simplificación porque en nuestro bando existían chicos de la religión de la escuela. Nuestro bando contaba con los mejores promedios, quienes, a diferencia del otro grupo, nunca recibimos ningún tipo de ayuda en las calificaciones por pertenecer a ninguna religión. Existía entonces una especie de cinturón bíblico invisible (Bible belt) que dividía al aula exactamente por la mitad: Ellos ocupaban desde el centro a la derecha y nosotros nos sentábamos del centro a la izquierda. Aquellas diferencias no se hubiesen transformado en un conflicto abierto y constante sin la ayuda de dos profesores, ambos protestantes: La profesora de Derecho y el profesor de Religión.
El correr de los días fue marcando el ritmo de la vida del curso. Él y yo siempre llegábamos bien temprano; a veces entraba al aula y me saludaba, y otras dejaba su mochila y se iba al patio. Pronto el distanciamiento se hacía evidente y, amigos y amigas, se alinearon detrás de uno u otro. Al poco tiempo, el aire del salón se vió enrarecido y las diferencias entre quienes se juntaban conmigo y quienes estaban con él comenzaron a aflorar y a profundizarse. De mi lado estaban quienes, en su mayoría, no adheríamos a la religión de la escuela y llevábamos una vida "licensiosa" a los ojos del otro grupo a quienes habíamos denominado "los corderitos de Dios", ellos por el contrario nos llamaban "los herejes".
Decir que las diferencias eran de orden religioso sería una simplificación porque en nuestro bando existían chicos de la religión de la escuela. Nuestro bando contaba con los mejores promedios, quienes, a diferencia del otro grupo, nunca recibimos ningún tipo de ayuda en las calificaciones por pertenecer a ninguna religión. Existía entonces una especie de cinturón bíblico invisible (Bible belt) que dividía al aula exactamente por la mitad: Ellos ocupaban desde el centro a la derecha y nosotros nos sentábamos del centro a la izquierda. Aquellas diferencias no se hubiesen transformado en un conflicto abierto y constante sin la ayuda de dos profesores, ambos protestantes: La profesora de Derecho y el profesor de Religión.
Teníamos Derecho dos veces a la semana. Al principio de la semana teníamos dos horas, en las cuales nos enseñaban toda la teoría; y al final de la semana teníamos cuarenta y cinco minutos, en los cuales la profesora hacía juegos a modo de evaluación sobre lo dado la clase anterior. Esos cuarenta y cinco minutos hubiesen sido una pérdida de tiempo de no ser por un detalle: La profesora nos dividió en dos grupos, exactamente la mitad hacia la derecha era un grupo y la otra mitad era otro. Además quienes ganaban aquella semana sumaban un punto y a fin de año el grupo que sumaba más puntos ganaba una caja de alfajores cada uno. Desde aquel momento, ambos grupos comprendieron que su misión era humillar el uno al otro ganando los alfajores a fin de año. Sin embargo el papel de la profesora de Derecho no se limitó a enfrentarnos sino que, ante la excesiva superioridad de nuestro grupo, se dedicó a ayudar abiertamente al equipo contrario y a negarnos todo tipo de beneficios, ya que ella y aquel grupo concurrían a la misma iglesia.
El caso del profesor de Religión no fue muy distinto. Él saludaba, daba clases y hacía participar a quienes compartían sus creencias religiosas, es decir al otro grupo, y nosotros dedicábamos la primera parte de la semana a comentar lo bueno que estuvo salir a bailar el sábado anterior y la segunda parte de la semana a planear abiertamente qué íbamos a hacer, a dónde íbamos a salir y qué íbamos a tomar mientras el otro grupo nos miraba con bronca y celos de no poder hacerlo. El aburrimiento que nos generaba aquella indiferencia fue lo mismo que nos hizo romperla. El profesor de Religión se caracterizaba por su soberbia y su ignorancia, una combinación contradictoria y que a su vez era su punto débil.
Aquel año el gran tema era "Historia del Cristianismo". A las pocas clases nos dimos cuenta de que el profesor era un inculto descarado y nosotros nos dedicábamos a interrumpirlo, hacérselo saber y corregirlo. Caía en impresiciones históricas, confundía un personaje histórico con otro, alteraba el orden de las edades de la Historia y hasta llegó a afirmar que Colón llegó a América a mediados del siglo XVIII. Nosotros nos mofábamos de su ignorancia, nos burlábamos de él y el otro grupo tomaba nuestros ataques como dirigidos hacia ellos. Sabíamos que les molestaba que nosotros supiéramos más que su profesor que les enseñaba qué pensar, qué hacer, qué no hacer y hasta como alimentarse y vivir su sexualidad. Ellos pensaban que en definitiva nos reíamos de su modo de vida y su cosmovisión, y a nosotros no nos molestaba que pensaran eso. La tensión llegaba a su clímax cuando al día siguiente de corroborar nuestras correcciones, el profesor nos pedía una fingida y muy actuada disculpa.
Por aquellos días, Adolfo se puso de novio con una chica compañera de Paula y no existían intercambios de palabras entre un grupo y el otro más que los que tenían lugar durante discusiones. Ni siquiera nos saludábamos. Semana tras semanas, la bronca, la división y el enfrentamiento se iban dilatando a tal punto que nuestro tutor pidió a psicólogos que nos den chalas sobre compañerismo y amistad.
Un día, durante una clase de Literatura, algo impensado tuvo lugar: Adolfo me mandó un papelito después de meses sin saludarnos y hablarnos, y yo le respondí comenzando un intercambio fluido. En ellos me decía que quería que las cosas estén bien entre los dos, que no le gustaba aquella situación y que quería que volvamos a ser amigos como antes. Pero yo no quería un antes, no quería ser su amigo para verlo besar a su novia en frente mío, no quería volver a ser su amigo para que después me ignore. ¿Qué iban a pensar mis amigos si me la pasaba hablando mal del él y él de mí? ¿Qué iba a hacer con ellos si volvíamos a ser amigos? ¿Dónde iba a quedar lo divertido de la competencia entre un grupo y otro? ¿Qué iba a pasar iba a pasar con el interés en ir a la escuela motivado en el sólo hecho de pertenecer a grupos antagónicos? ¿Aceptaría la reconciliación cada uno de nuestros bandos o nos aislarían? Además, el sólo hecho de recibir aquellos papelitos me decía que Adolfo no era de hielo, que en el fondo le jodía todo esto y que quería arreglar las cosas. Pero todo aquel tiempo me había mantenido en el centro de su atención por las peleas. Si las peleas se iban, ¿Me correría de su centro de atención?
Fue en aquel momento de indecisión que recibí un papelito en el que me decía que quería hablar conmigo a la salida. Mis manos sudaban y algunos amigos notaron que estaba inquieto. Nuestras miradas se atrevían a cruzar la cortina de hierro que nos separaba cuando el ensordecedor timbre señalaba el fin de la jornada y la hora de la verdad.
El caso del profesor de Religión no fue muy distinto. Él saludaba, daba clases y hacía participar a quienes compartían sus creencias religiosas, es decir al otro grupo, y nosotros dedicábamos la primera parte de la semana a comentar lo bueno que estuvo salir a bailar el sábado anterior y la segunda parte de la semana a planear abiertamente qué íbamos a hacer, a dónde íbamos a salir y qué íbamos a tomar mientras el otro grupo nos miraba con bronca y celos de no poder hacerlo. El aburrimiento que nos generaba aquella indiferencia fue lo mismo que nos hizo romperla. El profesor de Religión se caracterizaba por su soberbia y su ignorancia, una combinación contradictoria y que a su vez era su punto débil.
Aquel año el gran tema era "Historia del Cristianismo". A las pocas clases nos dimos cuenta de que el profesor era un inculto descarado y nosotros nos dedicábamos a interrumpirlo, hacérselo saber y corregirlo. Caía en impresiciones históricas, confundía un personaje histórico con otro, alteraba el orden de las edades de la Historia y hasta llegó a afirmar que Colón llegó a América a mediados del siglo XVIII. Nosotros nos mofábamos de su ignorancia, nos burlábamos de él y el otro grupo tomaba nuestros ataques como dirigidos hacia ellos. Sabíamos que les molestaba que nosotros supiéramos más que su profesor que les enseñaba qué pensar, qué hacer, qué no hacer y hasta como alimentarse y vivir su sexualidad. Ellos pensaban que en definitiva nos reíamos de su modo de vida y su cosmovisión, y a nosotros no nos molestaba que pensaran eso. La tensión llegaba a su clímax cuando al día siguiente de corroborar nuestras correcciones, el profesor nos pedía una fingida y muy actuada disculpa.
Por aquellos días, Adolfo se puso de novio con una chica compañera de Paula y no existían intercambios de palabras entre un grupo y el otro más que los que tenían lugar durante discusiones. Ni siquiera nos saludábamos. Semana tras semanas, la bronca, la división y el enfrentamiento se iban dilatando a tal punto que nuestro tutor pidió a psicólogos que nos den chalas sobre compañerismo y amistad.
Un día, durante una clase de Literatura, algo impensado tuvo lugar: Adolfo me mandó un papelito después de meses sin saludarnos y hablarnos, y yo le respondí comenzando un intercambio fluido. En ellos me decía que quería que las cosas estén bien entre los dos, que no le gustaba aquella situación y que quería que volvamos a ser amigos como antes. Pero yo no quería un antes, no quería ser su amigo para verlo besar a su novia en frente mío, no quería volver a ser su amigo para que después me ignore. ¿Qué iban a pensar mis amigos si me la pasaba hablando mal del él y él de mí? ¿Qué iba a hacer con ellos si volvíamos a ser amigos? ¿Dónde iba a quedar lo divertido de la competencia entre un grupo y otro? ¿Qué iba a pasar iba a pasar con el interés en ir a la escuela motivado en el sólo hecho de pertenecer a grupos antagónicos? ¿Aceptaría la reconciliación cada uno de nuestros bandos o nos aislarían? Además, el sólo hecho de recibir aquellos papelitos me decía que Adolfo no era de hielo, que en el fondo le jodía todo esto y que quería arreglar las cosas. Pero todo aquel tiempo me había mantenido en el centro de su atención por las peleas. Si las peleas se iban, ¿Me correría de su centro de atención?
Fue en aquel momento de indecisión que recibí un papelito en el que me decía que quería hablar conmigo a la salida. Mis manos sudaban y algunos amigos notaron que estaba inquieto. Nuestras miradas se atrevían a cruzar la cortina de hierro que nos separaba cuando el ensordecedor timbre señalaba el fin de la jornada y la hora de la verdad.